Días de otoño (1962)

México Blanco y Negro

Una producción de:

CLASA Films Mundiales

Género:

Drama psicológico

Duración:

92 min.

Sonido:

Monoaural

Dirección:

Roberto Gavaldón

Asistente de Dirección:

Ignacio Villarreal; anotador: Miguel A. Madrigal

Producción:

Felipe Subervielle; jefe de producción: Enrique L. Morfín

Guión:

Julio Alejandro con la colaboración de Emilio Carballido, sobre el cuento "Frustration" de Bruno Traven

Fotografía:

Gabriel Figueroa; operador de cámara: Manuel González; alumbrador: Daniel López; asistente: Pablo Ríos

Escenografía:

Manuel Fontanals

Maquillaje:

Armando Meyer

Peinados:

Esperanza Gómez

Edición:

Gloria Schoemann; asistente: Rosa Schoemann

Foto-fijas:

Ángel Corona

Títulos:

Nicolás Rueda, Jr.

Sonido:

James L. Fields; grabación de diálogos: Jesús González Gancy; grabación de música y regrabación: Galdino Samperio; edición sincrónica: Abraham Cruz; efectos especiales: Juan Muñoz Ravelo

Música:

Raúl Lavista


Reparto:

Pina Pellicer

....

Luisa

Ignacio López Tarso

....

don Albino

Evangelina Elizondo

....

Rita

Adriana Roel .... Alicia
Luis Lomelí .... Carlos
Graciela Doring .... empleada de la pastelería
Hortensia Santoveña .... doctora
Eva Calvo .... clienta de la pastelería
Guillermo Orea .... fotógrafo
Enrique García Álvarez .... cura
Ricardo Fuentes .... Mario, mensajero de la pastelería
Joaquín Roche, Jr. .... Manuelito, hijo de don Albino
Juan Antonio Edwards .... hijo de don Albino
José Chávez Trowe .... taxista

Sinopsis:
Luisa es una joven pueblerina que trabaja en la pastelería del viudo don Albino. Ensimismada y un tanto hosca con sus compañeras de trabajo, Luisa sueña con casarse y adora a los niños. Justo cuando don Albino demuestra interés en ella, Luisa anuncia que se casará en quince días con Carlos, el chofer de una casa rica a quien conoció poco tiempo atrás. El día de la boda, los sueños matrimoniales de Luisa se deshacen cruelmente cuando Carlos la deja plantada en la iglesia. Incapaz de aceptar la verdad, Luisa miente a todos y se miente a sí misma afirmando que el matrimonio sí se llevó a cabo y que espera su primer hijo. A pesar de que sus compañeras de la pastelería sospechan que algo anda mal en su vida, Luisa logra mantener la farsa, hasta que ésta termina por atraparla a ella también.

Comentario:
Al igual que Macario (1959) el argumento de Días de otoño se basaba en un cuento de Bruno Traven, adaptado por el dramaturgo Emilio Carballido -ahora en colaboración con el poeta y dramaturgo español Julio Alejandro- pero a diferencia de aquella historia, el protagónico de ésta era el personaje femenino. Pina Pellicer interpretaría a Luisa, una joven provinciana que llega a la Ciudad de México a trabajar en la pastelería del viudo don Albino y se enfrenta a una enorme soledad que trata de mitigar sumergiéndose en un mundo de mentiras.

Aunque en algunos momentos la trama de la cinta llega a rondar peligrosamente los límites del melodrama más desmedido, Pina Pellicer interpreta a Luisa con una maravillosa ambigüedad que sirve de contrapeso a cualquier exceso melodramático. A este respecto, el crítico de arte e historiador Justino Fernández comentó al ver la película:

Al fin después de muchos años de espera, hemos visto una buena película mexicana, con una extraordinaria actriz, Pina Pellicer. Pina es una actriz profunda, íntima, intensa. Durante el desarrollo de la creación de su personaje Luisa, nos parece estar viendo un caleidoscopio que refleja un mundo interminable de sentimientos, de sensaciones, de estados de ánimo. La tristeza, el patetismo, la esperanza, el temor, la angustia, la ternura, la inocencia, el cansancio. Con ese cansancio Luisa nos sobrecoge, nos arrastra a su atmósfera de lucha entre su asfixiante realidad y su agobiadora ficción. Ese duelo entre realidad e imaginación nos conmueve profundamente, porque Luisa vive el gran drama de huir de la realidad monótona, gris, limitada [...] En la acción de la película es como si contempláramos el drama de una hoja que persiste en permanecer en su árbol durante el otoño y el viento quisiera arrastrarla, llevársela. Esa actitud de tremulez de la actriz nos reafirma su gran talento. La última mirada de Pina no sólo nos emociona mientras la vemos, sino que horas después, días más tarde, su actuación queda en nosotros como una presencia, eso en definitiva es el gran arte.
Fernández, J. (1989) "Pina Pellicer en Días de otoño". En Pantalla. No. 12, México, p. 11.

En Días de otoño, incluso los defectos narrativos de la película actúan a favor de estas apreciaciones. Cuando Luisa comenta en su trabajo que se casará en pocos días, la sorpresa atrapa a las compañeras del trabajo de igual manera que al espectador, quien hasta ese instante no la ha visto acompañada de ningún hombre. La presentación de Carlos, el supuesto novio, sucede a manera de flashback, mientras Luisa relata a sus colegas las hasta cierto punto ridículas circunstancias de su primer encuentro, un día en el que, al intentar subirse a un autobús en marcha, ella pierde el paso y una de sus zapatillas vuela por la calle hasta terminar arrollada por el automóvil que conduce el joven. Aunque la acción mostrada al espectador coincide con la narración de Luisa, la ausencia de diálogo en la escena otorga al relato un carácter subjetivo, casi onírico, y deja abierta la posibilidad de que los acontecimientos descritos sean producto de la fecunda imaginación de la joven.

A lo largo de la película, el espectador nunca está completamente seguro de que el compromiso entre Luisa y Carlos sea real, pues las acciones de la muchacha lo hacen parecer un invento para escapar de la soledad que la acompaña desde su llegada a la capital. A pesar de que la existencia de Carlos y la naturaleza de su relación con Luisa quedan confirmadas más adelante, en una escena en la que él la recoge en la pastelería y la lleva a la vecindad donde ella vive, entre ambos no parece existir un lazo formal. Por ello, cuando la joven se queda esperándolo en la iglesia vestida de novia, el espectador se convence de que mucho de lo relatado por Luisa es producto de su enorme necesidad de amor.

En uno de los numerosos momentos de soledad de Luisa en Días de otoño, la joven musita una desgarradora autoconfesión: “Necesito tanto que me quieran.” Esta sinceridad, sin embargo, nunca trasciende el hermético mundo en el que se ha refugiado y se revela contradictoria ante la frialdad y desapego con que se conduce frente al indeciso don Albino. Para Luisa, el amor parece ser un asunto tan idealizado que la posibilidad concreta de alcanzarlo la desilusiona y prefiere existir en una perpetua ensoñación: “Empezaba el otoño cuando [Carlos] por fin me pidió que nos casáramos. Allá en mi pueblo los árboles son siempre verdes. Aquí todo es como en un sueño: cambian los árboles y la luz es dorada. Carlos es como esos días de otoño. ¡Es tan maravilloso que no puedo creer que ya toda mi vida va a ser suya y que su vida entera va a ser mía!”

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