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Una producción de: |
Producciones Proa S. A. |
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Género: |
Drama fantástico |
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Duración: |
85 min. |
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Sonido: |
Monoaural |
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Dirección: | |
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Asistente de Dirección: |
Carlos L. Cabello |
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Producción: |
José San Vicente y Manuel San Vicente; gerente de producción: José Manuel Cordero; distribución: Adolfo Grovas |
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Guión: |
José Manuel Cordero; adaptación: Juan Bustillo Oro |
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Fotografía: |
Agustín Jiménez; asistente de cámara: José Gutiérrez Zamora |
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Escenografía: |
Mariano Rodríguez Granada y Carlos Toussaint |
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Títulos: |
C. Véjar, Jr. |
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Máscaras: |
Germán Cueto |
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Edición: |
Juan Bustillo Oro: corte sincrónico: José Marino |
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Sonido: |
B. J. Kroger |
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Música: |
Max Urbán; canciones: Manuel M. Ponce y Raúl Lavista ("Anita") |
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Víctor Urruchúa |
.... |
Juan |
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Carlos Villatoro |
.... |
Javier |
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Magda Haller |
.... |
Ana |
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M. Beltrán de Heder |
.... |
prior |
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Emma Roldán |
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Gertrudis |
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Alberto Miquel |
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Manuel Noriega |
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Manuel Bernaldez |
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José Cortés |
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Conchita Gentil Arcos |
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Hugo Taboada |
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Sofía Haller |
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Comentario:
Para la historia del cine mexicano, los años en que
surgió el cine sonoro representan una etapa abundante en
ejemplos de experimentación formal y temática. Con una
libertad casi total, los pioneros del cine sonoro mexicano exploraron
las posibilidades expresivas del medio cinematográfico y
realizaron varias de las obras más audaces e inquietantes de
nuestra cinematografía.
La formación técnica adquirida por algunos mexicanos en Hollywood, la llegada a México de extranjeros con experiencia cinematográfica, más la influencia estética del cine de Eisenstein y los directores del expresionismo alemán, contribuyeron a la creación de un ambiente propicio para el desarrollo de un cine mexicano expresivo y audaz. Atrás quedaron los tropiezos de la época silente, en la que nunca se logró marcar una diferencia a favor del cine nacional.
De aquellos años datan varias de las mejores películas mexicanas. Algunas, como la trilogía de Fernando de Fuentes integrada por El compadre Mendoza (1933), El prisionero trece (1933) y Vámonos con Pancho Villa (1935), destacan por su aguda visión crítica del movimiento revolucionario. Otras, como La mujer del puerto (1933) del ruso Arcady Boytler, o Dos monjes, son célebres por su narrativa poco convencional y por su planteamiento estético de franco estilo expresionista.
Dos monjes fue, desde su concepción, un experimento visual. En palabras de su director: "Quise darle a la película un clima irreal, haciéndola entrar en un ambiente expresionista. De ese modo sentía que podía ampliar el asunto, lograr efectos cinematográficos no comunes y ceder a la profunda influencia que los maestros alemanes sellaron en mi imaginación."
La película fue recibida con críticas divididas, que lo mismo alababan su atmósfera obsesiva, que señalaban el acartonamiento de sus actuaciones y el anacronismo de su musicalización. A su paso por México, el famoso surrealista André Breton elogió el filme de Bustillo Oro calificándolo como "un experimento audaz e insólito."
Filme de impresionantes texturas y claroscuros, fotografiado magistralmente por Agustín Jiménez, Dos monjes es una de las cintas excepcionales del cine mexicano de todos los tiempos.

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