El vampiro (1957)

México Blanco y Negro
Lugar dentro de las 100 mejores películas del cine mexicano: 35

Una producción de:

Cinematográfica ABSA

Género:

Horror

Duración:

83 min.

Sonido:

Monoaural

Dirección:

Fernando Méndez

Asistente de Dirección:

Américo Fernández

Producción:

Abel Salazar; gerente de producción: Fernando Méndez, Jr.; jefe de producción: Antonio Guerrero Tello

Guión:

Ramón Obón

Fotografía:

Rosalío Solano; operador de cámara: Hugo Velasco

Escenografía:

Gunther Gerszo

Maquillaje:

Elda Loza

Edición:

José W. Bustos

Sonido:

Rafael Ruiz Esparza y Enrique Rodríguez

Música:

Gustavo César Carrión


Reparto:

Abel Salazar

....

Enrique

Ariadne Welter

....

Marta González

Carmen Montejo

....

Eloísa

José Luis Jiménez

....

don Emilio

Germán Robles

....

conde Karol de Lavud o Duval el vampiro

Mercedes Soler

....

María, sirvienta

Alicia Montoya

....

María Teresa

José Chávez Trowe

....

Anselmo

Julio Daneri

....

sirviente de Duval

Amado Zumaya

....

sirviente de Duval

Guillermo Álvarez Bianchi

....

administrador de la estación del tren

Margarito Luna


Sinopsis:
La joven Marta llega a Sierra Negra para visitar a su tía enferma. En el mismo tren viaja Enrique, un agente viajero que se ofrece a acompañarla. Al llegar a la estación, la pareja acepta continuar el recorrido en una desvencijada carreta que llegó a recoger una misteriosa caja procedente de Hungría. Al llegar a la hacienda de sus parientes, Marta se entera de que su tía ha muerto y decide quedarse, sin percatarse de que está a merced de los vampiros.

Comentario:
El género de horror ha tenido una historia dispareja en el cine mexicano. Prácticamente inexistente durante la etapa muda -la única cinta silente de horror que se conoce es Don Juan Manuel (1919)- el cine de terror en español hizo su primera aparición con la versión "hispana" de Drácula (1931) filmada en Hollywood con actores latinoamericanos, en los mismos sets y con el mismo equipo de producción de la famosa cinta de Tod Browning.

Dos monjes (1934) de Juan Bustillo Oro y El fantasma del convento (1934) de Fernando de Fuentes representan las únicas manifestaciones memorables del cine fantástico durante los primeros años del cine sonoro mexicano. Aunque sólo la segunda pertenece, en sentido estricto, al género de horror, ambas cintas denotan una evidente influencia del cine expresionista alemán y del cine de horror que en aquellos años era la marca de fábrica de la Universal Pictures, productora de la mencionada Drácula (1931) y de Frankenstein (1931), entre otras cintas memorables de este género.

El horror mexicano tuvo que esperar dos décadas para hacer su aparición. En 1956, el prolífico y versátil director Fernando Méndez incursionó en el género con la inquietante Ladrón de cadáveres (1956), cinta en la que se mezclan por primera vez dos elementos característicos del horror mexicano: los luchadores y los monstruos. Su segunda incursión, El vampiro se convertiría en la mejor película de horror hecha en México y en uno de los filmes de culto más populares de nuestro cine en otros países.

Desde el Drácula hispano, los vampiros no hacían su aparición en las pantallas hablando español. En El vampiro, Fernando Méndez no sólo toma abiertamente al personaje de Bram Stoker y lo ubica adecuadamente en el contexto mexicano, sino que además se anticipa -al menos un año antes- a la sensual versión del conde que haría el británico Christopher Lee en los filmes de la productora Hammond.

Dueño de una amplia cultura cinematográfica -sus colegas lo apodaban "Cecil B. de Méndez" en alusión al famoso director hollywoodense Cecil B. DeMille- Fernando Méndez demuestra en El vampiro un dominio espléndido del cine de géneros, algo poco común entre los directores mexicanos de su tiempo. Exceptuando a un Abel Salazar completamente fuera de papel, el resto de los actores imprimen a sus personajes una veracidad difícil de lograr en un filme que, mal dirigido o interpretado, podría haberse convertido en una comedia involuntaria.

El éxito obtenido por El vampiro en su estreno animó a su director a dirigir la secuela, El ataúd del vampiro (1957). Ambas cintas integran hoy en día uno de los dípticos más singulares y famosos de nuestra cinematografía.

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